Posteado por: madeleine | julio 17, 2008

Estimada Señorita

“Carta a una señorita en París” de Bestiario. 1951.

“Todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación…, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola”.

Julio Cortázar.

“Del cuento breve y sus alrededores”.

 

Perteneciente al corpus narrativo de Bestiario, “Carta a una señorita en París” es uno de los cuentos que parece haber surgido de alguna de las neurosis que acosaban al escritor[1].

Como en “Casa tomada”, la rutina diaria del narrador se ve alterada por la aparición de fuerzas extrañas ─en este caso palpables y con nombre─ manifestadas en el hecho de vomitar unos pequeñísimos conejitos.

El relato se inaugura con el mismo inicio de la carta que el narrador protagonista dirige a Andrée, la dueña del departamento de la calle Suipacha al que se ha mudado, mientras ella se encuentra pasando una temporada en París. Como intrusos tenemos acceso a esta misiva que nos pasea por los detalles de ambientación del lugar y el espacio íntimo en que habita la mujer. El mismo narrador parece sentirse a la vez intruso en el espacio, así como víctima de intrusión de su propia cotidianeidad al habitar el espacio prestado:

“yo no quería venirme a vivir a su departamento” y “me duele ingresar en un orden cerrado, construído ya hasta las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés o inglés), allí los almohadones verdes […] qué difícil oponerse, aun aceptándolo con certera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano donde han de estar […] Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana” (Cortázar 1969: 19-20)

El hecho es que la intimidad misma del narrador ya había sido afectada con anterioridad por la presencia de los conejitos y si bien expresa que ese no había sido el motivo principal por el que no deseaba mudarse al departamento, forma parte de la invasión y el orden personal que desesperadamente intenta salvar.

Con anterioridad a la mudanza, existe una aceptación de los hechos y un intento inicialmente exitoso de integración del fenómeno a la cotidianeidad de su vida, mediante la planificación y el pronóstico mensual de la aparición y que si bien “uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito” son también detallados en la carta:

“Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. […]Cuando siento que voy a vomitar un conejito, me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco.[…] Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado […] y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas[…] Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro… entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba […] Las costumbres,  Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota de ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método” (p. 21-24).

El dilema se presenta para el narrador cuando “como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa” cuando el día de la mudanza supo que vomitaría un conejito, lo que le produce miedo ya que sólo unos días antes de dejar su casa había vomitado un conejito. Entonces vemos como el ordenamiento e integración del fenómeno, sostenidos con gran esfuerzo por el protagonista, choca contra la entrada en el orden ajeno representado por la mudanza a la vivienda de Andrée.

A continuación, ─lo sabemos siempre por la carta─ el narrador-remitente hará lo posible y lo imposible por mantener el fenómeno controlado dentro de este nuevo espacio y oculto de Sara, el llaves del departamento. Inicialmente todo parece realizable hasta que a la noche vomita otro conejito negro y dos días después uno blanco y a la cuarta noche uno gris. El protagonista los oculta en el armario del cuarto, creando un mundo artificial para ellos con su oscuridad diurna, mientras trabaja posiblemente como traductor[2], y a la noche, luego de que Sara se retira, los libera en la sala donde juegan en torno a sus tres soles artificiales, las lámparas del salón.

El problema se agrava cuando ya son diez los conejitos, pero el protagonista se las arregla para ocultar los destrozos que los animalitos causan royendo los libros, alfombras, almohadones y reparando la lámpara con “el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos” que han destrozado. El narrador no duerme, velando el día artificial de las criaturas, con su cansancio y angustia, va anticipando que la penosa situación se vuelve insostenible.

El terrible motivo que lo lleva a la redacción de la carta resulta de la aparición del onceavo conejito, hecho produce en él la determinación de acabar con ellos de la única manera posible, destruyéndose a sí mismo. La misiva es una carta de suicidio. La resolución es tomada y comunicada, pero pretendiendo aminorar la magnitud de su acción, el narrador utiliza “un tono de desinteresada naturalidad para clausurar el relato” (Eyzaguirre en Lo lúdico y lo fantástico en la obra de Cortázar 180).

“No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales” (Cortázar 1969: 33)

Si bien, como en “Casa tomada”, lo otro se manifiesta mediante la irrupción de lo extraño en lo cotidiano, y existe también una invasión del plano de lo irreal sobre el de la realidad, es importante considerar, como se ha mencionado antes,  que aquí las fuerzas no son innominadas, son conejitos, son gazapos.

Es interesante notar que “Gazapo” es un término que puede designar tanto a un conejo joven como, de manera coloquial, al error cometido al hablar o al escribir. Según la interpretación de Juan José Barrientos en su ponencia Las palabras mágicas de Cortázar, está claro que los gazapos son peligrosos para un traductor (Barrientos en Lo lúdico y lo fantástico en la obra de Cortázar 62).

Somos testigos del esfuerzo que el narrador ha realizado en mantener su orden personal y el orden en la casa de Andrée. A diferencia de los hermanos protagonistas de “Casa tomada”, el yo de nuestro narrador protagonista lucha con lo otro hasta el final, hasta que la única salida es la autodestrucción.

La existencia de lo otro no es cuestionada, de hecho es aceptada, pero existe una postura activa frente a ella, demostrada en el intento por ocultar su presencia y sus consecuencias.

El escenario ideal para esta confrontación es el departamento de Andrée. Según Lauri Hutt, Cortázar utiliza la imaginería del hogar para expresar nociones de dentro/fuera. “El dominio  que fuerzas externas van logrando sobre los espacios, mediante conejos […] implica la expulsión de lo más íntimo hacia un afuera que desintegra la armonía original o la plenitud del Ser, sea mediante el suicidio o la huida” como en “Casa tomada” (Hutt 60). Sería entonces su incapacidad de establecer autonomía dentro de un espacio que percibe como ajeno y que amenaza su individualidad lo que conduce a la desintegración de su ser, arrojándolo al suicidio.

 


[1] Según la biografía del autor incluida en La fascinación de las palabras por Omar Prego Gadea, en el año 1948 Cortázar “obtiene el título de traductor público de inglés y francés, tras cursar en apenas nueve meses estudios que normalmente insumen tres años. El esfuerzo le provoca síntomas neuróticos” que desaparecen con la escritura de algunos cuentos. (p. 11)

[2] La mención de los diccionarios ingleses así como la descripción del lugar de trabajo del protagonista: “¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos!” pueden resultar también en una referencia autobiográfica del trabajo del autor como traductor. Oficio que le ganaría un puesto como traductor en la UNESCO, en el mismo año de la publicación de Bestiario y de su viaje a Francia con una beca del gobierno francés.

 

Bibliografía

CENTRE DE RECHERCHES LATINO-AMERICAINES (Université de Poitiers). Coloquio internacional: lo lúdico y lo fantástico en la obra de Cortázar. Espiral Hispanoamericana (1986). Madrid: Fundamentos, 1996.

CORTÁZAR, Julio. Bestiario. 10ª ed., Buenos Aires: Sudamericana, 1969.

CORTAZAR, Julio y Omar Prego Gadera. La fascinación de las palabras, Buenos Aires: Alfaguara, 2004.

HUTT KAHN, Lauri. Vislumbrar la otredad: Los pasajes en la narrativa de Julio Cortázar. Worlds of change: Latin American and Iberian Literatura; vol. 15. New York: Peter Lang Publishing, 1996.

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